9 cosas que hacemos los desordenados… y no nos va tan mal
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9 cosas que hacemos los desordenados… y no nos va tan mal

Las personas desordenadas que hemos crecido en pleno siglo XXI hemos cosechado triunfo tras triunfo en la vida. En cambio, hemos conocido a una generación de gente ordenada y meticulosa que ahora están sumidos en la miseria más absoluta poblando nuestras calles. Bueno… quizás no ha ido exactamente así, pero a los desordenados tampoco nos va tan mal, oye. Estas son 9 cosas que hacemos:

1. Consideras muy importante lo que hay en tu cartera

Tu billetero puede llegar a tener un grave problema de obesidad mórbida. Y tú no estás para ayudarle. Porque, vamos a ver, este bono de “Cada 10 cafés 1 gratis” que dejaste a la mitad cuando vivías en Bratislava (Eslovaquia) no se puede tirar. Es un recuerdo y, quién sabe dónde te llevará la vida…, sería de tontos tirar un café.

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2. Pasas la ropa usada de la cama a la silla y viceversa

Uy, qué tarde. No voy a despertar a toda la casa a golpe de armarios. Y la ropa que estaba en la cama la pones en la silla. Y por la mañana viceversa. Y esos pantalones y camiseta viven en un perpetuo trajín.

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3. Y si hace falta te pones la misma ropa

Pero limpia, eh. Ya es hora de que digamos que somos desordenados, no sucios. Y si hay que ponerse los tejanos de ayer porque ya están fuera del armario, se hace y punto. Además, todo pega con los tejanos.

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4. Tienes tesoros escondidos en lugares insospechados

¿Qué hay bajo estos papeles? Ah, sí, una carta de amor del verano pasado. ¿Y bajo la mochila? Ah, el Santo Grial, luego le echo un ojo. ¡Y aquí te tengo, DVD de graduación de la ESO!

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5. ¡Pero lo encuentras todo!

Y es que nada se te escapa en el territorio de tu habitación. Aunque los demás no puedan entenderlo, en tu caos tú lo encuentras todo. El FBI y la policía secreta israelí tienen tu número por si algo se pierde en tu dormitorio.

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6. Tu mochila o bolso son un desastre (obviamente)

Tu bolso está lleno con la imprescindible plancha de pelo, espejito, dos cargadores de móvil y un bolso de recambio adentro, entre miles de otras cosas. Y en tu mochila del cole llevabas las botas de fútbol, aunque no fueras a jugar, un bocadillo de anteayer y las malditas hojas arrugadas de los profesores que trabajan con fotocopias. ¿Pero cómo se les ocurre trabajar a base de fotocopias? Es que son unos desordenados… ¡Así no hay quien pueda, eh!

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7. Tu idea del orden es hacer montones

El montón de los papeles, el montón de las camisetas, el montón… ¿de mierda, cariño? Por favor, mamá. Un poco de respeto por mis aperos y pertenencias. Que yo no voy por tu impoluta habitación señalando tus asquerosos marcos de fotos criando polvo. Un momento… ¡pero si en esta foto salgo yo! Jo, no veas mamá, cuanto me quieres.

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8. Tu habitación es tu trinchera

“Mira, papá y mamá hemos pensado que, aunque esto sea la República Independiente de Nuestra Casa, deberías colaborar al menos ordenando tu habitación.” Por aquí no paso, ejerzo derecho a veto, ¡Fuera, imperialistas! ¡Vivo en las trincheras por vosotros! ¿Quién protege nuestro hogar cuando la vecina acecha por la galería y se asusta al ver mi habitación? ¿Quién se digna a coger el teléfono cuando no estáis? ¡Yo, maldita sea! ¡Solamente yo! Por cierto papá, hablando de intendencia… los reaprovisionamientos de hoy son espaguetis como acordó el Estado Mayor, ¿verdad? ¿Sí? Ya pueden retirarse…

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9. Aprendes refinamiento

Como cuando alguien iba a tu casa le ofrecías un trocito de cama entre disculpas, ahora ostentas una cátedra en protocolo. Del clásico y embustero: “Disculpa que esto esté un poco desordenado”, ahora vas a las bodas y a la mujer más fea le sueltas: “un vestido hermoso, señora”. Todo un galán o una embajadora. Suerte que somos desordenados…

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Fuente: codigonuevo.com

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